El problema
no es la inteligencia artificial. Ni los chats que nos permiten recabar
información en poco tiempo y con escaso
esfuerzo.
El desafío es
detenernos a leer, tomarnos el tiempo necesario para comprender aquello que
está escrito, para entrar en diálogo con las voces que nos hablan a través del
texto.
El problema
es que los seres humanos estamos flotando en la superficie del río arrastrados
por la corriente, reaccionando a toda velocidad sin que medie el pensamiento
entre acción y decisión.
Han sido muy
efectivos los mecanismos desarrollados en nuestras sociedades para lograr este
tipo de subjetividad.
Las pruebas
de aprendizaje que se aplican en los sistemas educativos muestran en sus
resultados que efectivamente las nuevas generaciones no comprenden aquello que
leen.
Urge revertir
estos procesos. Al asumir el trabajo de educar, quienes ejercen el rol de
enseñantes tienen que detenerse y acompañar en estos procesos a quienes
aprenden.
Para ello, en
primer lugar quienes enseñan tienen que saber leer y escribir la lengua a
transmitir. Y de ser posible, aprender a enseñar a leer y escribir, para hacer
más efectiva su influencia.
Todo esto requiere tiempo, esfuerzo y decisión colectiva, individual y política.
